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El arte que teje sueños: el oaxaqueño que pinta la vida con hilos de color

El arte que teje sueños: el oaxaqueño que pinta la vida con hilos de color

Desde las entrañas de la Sierra Norte de Oaxaca, donde la tierra respira entre montañas y la cultura zapoteca late con fuerza, Manuel Miguel descubrió que la vida es un tejido infinito. Para él, cada hilo —ya sea la raíz de un árbol, el vuelo de un colibrí o el latido humano— está conectado en un mismo entramado. “Cuando algo se rompe dentro de nosotros, el dolor no es solo personal: se refleja en todo lo que nos rodea”, explica con la sabiduría de quien ha visto el mundo desde la humedad de la tierra y el silencio de los bosques.

Nacido en Teococuilco de Marcos Pérez, su infancia transcurrió entre senderos polvorientos y el murmullo de las lenguas originarias. Desde pequeño, dibujaba con los dedos sobre el barro fresco, como si la tierra misma le dictara los trazos. Esa conexión primigenia con lo natural se convirtió en el eje de su obra, moldeada al calor de maestros oaxaqueños como Alejandro Santiago, Maximino Javier y Rosendo Pinacho. De ellos aprendió no solo técnica, sino la capacidad de traducir el alma de un pueblo en pinceladas. Así nació el “costritubismo geométrico”, un estilo que descompone la realidad en patrones orgánicos, revelando los hilos invisibles que unen lo humano, lo animal y lo divino.

“El ser humano es un tejedor por naturaleza”, afirma. “No solo de telas o cestos, sino de historias, emociones y hasta de ausencias”. Esa filosofía encontró eco en la Feria Internacional Arte Capital 2025, celebrada en el World Trade Center de la Ciudad de México, donde su obra brilló entre creadores de todo el país. Allí, entre coleccionistas y galeristas, sus lienzos hablaron por sí solos: colibríes que danzan en espirales de color, elefantes cuyas arrugas guardan secretos ancestrales, abejas que tejen el tiempo con sus alas. Cada criatura tiene un propósito en su narrativa. “El colibrí es mi *tona*, mi protector”, revela. “Simboliza esa energía incansable que nos empuja a seguir, incluso cuando el camino parece imposible. El elefante, en cambio, representa la fuerza que no necesita gritar para ser escuchada”.

Para Manuel Miguel, la pintura es un puente entre lo tangible y lo intangible. Sus obras, cargadas de simbolismo, invitan a mirar más allá de la superficie: cada línea curva, cada degradado de azul o rojo, es un recordatorio de que somos parte de un todo. “Lo micro y lo macro están entrelazados”, insiste. “Un desequilibrio interno —el miedo, la tristeza— termina por afectar el mundo que habitamos. Por eso el arte debe sanar, reconectar”.

Pero su labor va más allá del lienzo. Convencido de que la creatividad es un derecho, no un lujo, impulsa talleres en comunidades indígenas, donde enseña a niños y jóvenes a expresarse a través del arte. “No se trata solo de pintar bonito, sino de recuperar esa voz que a veces nos arrebatan”, dice. También colabora en proyectos que buscan preservar las tradiciones zapotecas, desde la música hasta la medicina tradicional, entendiendo que la cultura es otro tejido que debe cuidarse.

En un mundo que corre a velocidad vertiginosa, la obra de Manuel Miguel es un llamado a detenerse, a observar cómo cada elemento —desde el más pequeño insecto hasta la montaña más imponente— forma parte de una misma red. Su arte no solo decora paredes: teje memorias, cura heridas y, sobre todo, nos recuerda que, al final, todos somos hilos de una misma tela.

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